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Orgías

2010


La orgía católica

·4 mins

Dicen los estudiosos que el principal aporte del Cristianismo al pensamiento humano fue el concepto del amor al prójimo. Dicen también que fue de esta idea que surgió la otra gran novedad, la pretensión de aunar a la raza humana en una “asamblea universal” o “Iglesia Católica”, que es lo mismo. Hasta entonces, cada religión se ocupaba de mantener el imaginario de sus dioses, sin preocuparse por las demás, salvo quizás para plagiarles algún dios que les parecía particularmente bien logrado. El nuevo ideal expansionista del Catolicismo, en cambio, requería la conversión de todos a un único Dios, motivando incontables campañas de evangelización a través de los siglos, y plantando quizás el germen de lo que hoy llamamos marketing.

2007


Actitudes a evitar si uno se encuentra con parientes muy, pero muy cercanos en el transcurso de una orgía

·4 mins

Julio entró a la habitación, y cerró la puerta de un portazo.

— ¿Se puede saber qué hacés vos acá?

Diego hundió la cabeza y los hombros para no mirarlo a los ojos, y permaneció en silencio.

— Dejalo tranquilo, pobrecito, ¿no ves que está asustado? — dijo Claudia tratando de acercarse a Diego, quien retrocedió ante su mano como si fuera a quemarlo.

— ¡Quiero saber qué hace él acá!

La orgía fashion

·3 mins

— ¿La viste a Verónica? Está irreconocible.

— Estuvo en Brasil, se hizo la cola y las lolas. ¡Si antes era una tabla!

— Le quedó bastante flojo, sobre todo las lolas ¿no? En Brasil te agarra cada chanta… Mirá, a mí el único que me toca la cola es el Doctor Merkloff, en Rumania.

— Bueno, esta noche ya te la llevan bien tocada Ramiro, Gonzalo, Ernesto y ahora Marcelo, y eso sin contar el intento fallido de Dolores…

A propósito de “orgía”

·3 mins

La palabra “orgía” nos viene derechito y casi sin escalas del griego, o del latín, a esta altura ya poco importa. Es notable que, pese a la antigüedad de la palabra, su significado haya cambiado tan poco en el transcurso del tiempo como su ortografía, y mucho podemos aprender de la disposición de la gente de la época con sólo observar que reservaron, de entrada, una palabra de apenas tres sílabas para nombrar un concepto que hoy nos exigiría, si quisiéramos prescindir de ella, recurrir a engendros mucho más largos como “pasarla bomba”, “tirar manteca al techo” (¡ay, los eufemismos!) o “armar un desmadre”. Esta diferencia en la facilidad de expresión de un mismo concepto sólo puede indicarnos que, en aquellas épocas, el término era mucho más usado que ahora, y por ello requería de comodidad y rapidez a la hora de pronunciarla. Es este un muy buen momento para morirnos de envidia.

2006


Orgías con animales

·4 mins

Haceme caso, no lo invités, yo sé lo que te digo. Vos vas a pensar que soy un amargo, pero qué querés que le haga. Lo que pasa es que vos tenés la imagen de que es un tipo divertido, popular, influyente, y no me digas que no te gustaría anotarte un poroto, pero si vos te creés que él te va a llevar a su casa en Los Angeles, o donde mierda sea que vive, porque vos lo invites a tu orgía, estás chupado. La cosa no funciona así, vos no te imaginás lo prepotentes que son estos yanquis, y si encima tienen guita, peor, te miran y no te ven a vos, ven un lustrabotas. Yo te digo porque ya lo conozco, de una vez que fui a una orgía en la que él estaba, y fue un desastre: se cagó en todo y en todos, nos hizo la vida imposible. Está bien, en una orgía más vale que no te vas a poner a tomar té y charlar de películas de Bergman, pero una cosa es el descontrol, que bienvenido sea, y otra la falta de respeto. Por ejemplo: el tipo ya llegó a la orgía sin pantalones. Te lo juro. No entiendo cómo es que no lo agarró la cana en la calle, y menos mal que no lo siguieron, porque terminábamos todos presos. “¡Qué tipo divertido, qué desenfadado…!” decían todos. ¡De qué desenfado me están hablando! ¿Vos te creés que el tipo a estas cosas también las hace allá? Jamás, con la policía allá no se jode, viejo, andan todos hechos unos señoritos porque en cuanto los agarran haciéndose los locos les sacuden una multa que los dejan a medio metro del suelo. Pero acá, el vago debe haber dicho “estos indios subdesarrollados no deben ni llevar bolsito, yo me voy así y que se caguen”. Y guarda, que eso fue solo el comienzo, porque además no cayó solo, vino con la novia. Te la describo rápido: culito parado, minifalda que ni le llegaba a las piernas, medio floja de tetas pero unos ojos así de grandes, una boca… los tipos aullaban, se la querían comer a la Pekín. ¿Vos me podés creer que la muy histérica estuvo toda la noche haciéndose la princesa, arreglándose el moño, y no hubo forma de tocarle el culo? Pero eso no es nada: encima, como el vago ya no consigue a nadie que le quiera cuidar los sobrinos, se los trajo también. Si, oíste bien, se llevó los sobrinos a la orgía. ¿Vos alguna vez trataste de coger con tres pendejos disfrazados de boy scout pisándote el culo porque están jugando a que cruzan un río y van saltando de piedra en piedra? Ese es tu “tipo divertido.” ¡Más divertido que la mierda! Y mientras tanto, el otro a los gritos pelados, criticando todo, peleando con todos, puteando a diestra y siniestra. Bah, digo yo que puteando, porque no se le entendía un pomo de lo que gritaba. ¿Y sabés lo peor de todo? Que las minas le daban bola. Viste como es, por la plata baila el mono, y aunque el vago se comió, tomó y vomitó todo, por más que trataba a todo el mundo como basura, las mejores minas estaban cerca de él, al salto para ver si lo agarraban desprevenido. Encima, al final una se jugó, se le tiró encima y lo empezó a franelear y refregar, y él que se trataba de zafar, hasta que de golpe la mina pegó un salto del susto y empezó a gritar “¡No tiene pito! ¡Está castrado! ¡Que impresión!…” ¡Para qué! Ahí sí que se puso loco, pero loco loco loco. Entró a tirar con lo que encontraba: vasos, botellas, sillas, almohadones… decí que estaba tan drogado que no le acertó a nadie, pero que dejó la casa llena de plumas, la dejó. Mirá, vos hacé lo que quieras, si querés invitarlo, invitalo, pero desde ya te digo: si va el Pato Donald, yo no voy.

Mi maestra me decía que nada hay mejor que una orgía

·3 mins

Jacinta ama a sus alumnos como a su vida. A las siete y media de la mañana, cuando Graciela todavía está de bata en su casa despidiendo a su marido, ella ya ha llegado al colegio. Quién sabe qué niño puede llegar hoy más temprano y requerir de sus atenciones, o qué padre puede tener alguna duda o consulta que formularle acerca de la educación de su hijo o hija. Comenzada la clase, a las ocho y media de la mañana, mientras Alfonso sube a su taxi al primer pasajero que no lo asalta, Jacinta sonríe plácida ante las miradas atentas de treinta pares de ojos que siguen sus palabras como embelesados. A las diez, en el mismo momento en que el Doctor Rodríguez acepta en su despacho una humilde atención por parte de un contratista que se ha visto justamente favorecido con la adjudicación de las obras del puerto de aguas profundas de la pintoresca y mediterránea localidad de Malagueño, Jacinta acepta una manzana que Pablito le ofrece como prenda de amor y acaricia su cabeza con ternura, como agradecimiento por la manzana y por el rubor de sus orejas. Quizás cerca del mediodía, cuando Mariana, Simón y Marcelo salen cada uno de sus respectivos trabajos para aprovechar la media hora del almuerzo, Jacinta tenga que separar a dos infantes que se trenzaron en una pelea por figuritas, o porque uno estaba cantando que el otro tie-ne-nooo-via, y reprenderá a los dos con igual firmeza, para luego consolar a ambos con igual cariño. Mientras cada uno de nosotros, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol, todos, continuamos con nuestro cotidiano derrotero de oficinas, agencias, depósitos, gerencias y planos, ella sigue hasta las cuatro de la tarde dispensando a sus niños amor y dulzura inacabables. Recién entonces emprende el camino de regreso a casa, se desanuda el pelo, toma un largo baño con agua muy caliente, se seca bien, se perfuma y se cambia, porque sabe que a las seis en punto Graciela, su marido, Alfonso, el Doctor Rodríguez, Mariana, Simón, Marcelo, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol y todos los demás la esperamos en el aula que construimos en su garage, prolijamente parados al lado de nuestros pupitres, los varones en pantalones cortos, peinados con gomina; las chicas con faldas hasta las rodillas, medias tres cuartos y el pelo recogido, todos ansiosos por que Jacinta llegue, vestida solamente en cuero, goma y látex, los pechos y el sexo descubiertos, balanceando displicente en su mano derecha la fusta de mimbre, presta a castigar las indisciplinas que hoy, seguramente, volveremos a cometer.

Breve interludio acerca del placer

·2 mins

Hay un momento, que podríamos ubicar justo después del sexo, tan próximo que aún se confunde con él, cuando las últimas oleadas del orgasmo ya se retiran, cuando van cediendo los temblores, las convulsiones y los jadeos para convertirse de a poco en suaves cosquillas y respiraciones pausadas, y entonces hacés un movimiento que no sabés dónde lo aprendiste porque nadie te lo enseñó y sin embargo siempre te salió perfecto, como un paso de baile, como una coreografía que te lleva, en un único y gracioso desplazamiento, de cualquier posición a estar recostado de espaldas, arrastrándola a ella de modo que queda cruzada sobre tu torso, su pierna izquierda entre las tuyas, los pubis unidos, tu sexo aún dentro de ella, todo su peso apoyado sobre tu pecho, su cabeza apenas a la derecha de la tuya, los dos respirando el cálido aliento compartido, y te das cuenta de que es la situación, la posición, el instante perfecto, que cada protuberancia coincide con su oquedad, que no tenés hambre, frío, sed ni sueño, y de golpe sabés que es precisamente este el momento en el que el universo debería detenerse, o por lo menos terminarse, porque es esto, no más y no menos, todo lo que tu cuerpo ansía cada minuto de tu vida, y entonces sonreís de nuevo, y te quedás inmóvil, flotando sin rumbo en medio de este charco de placer transpirado que te envuelve, pero al cabo de un par de minutos no podés evitar moverte, rodar sobre vos mismo desacoplando los sexos, quizás incluso te das vuelta, o te sentás, o encendés un cigarrillo, y de golpe volvés a tomar plena conciencia de que estás sobre un colchón, con sábanas, en una cama en medio de un mundo que hace segundos sólo recordabas borrosamente, y ahí es cuando te ponés a pensar, si no será que los seres humanos estamos más preparados para soportar la persistencia del dolor que la del placer.

La orgía de a uno

·2 mins

El 8 de febrero de 1994, los diarios del Reino Unido reportaban la prematura muerte de Mr. Stephen Milligan, Honorable Miembro del Parlamento Británico por el partido conservador de Inglaterra. El día anterior, Milligan había sido encontrado en su casa, muerto por asfixia sobre la mesa de la cocina. Las únicas prendas que vestía en el momento de su deceso eran un par de medias finas de seda y su correspondiente portaligas. Tenía la cabeza envuelta en una bolsa de polietileno, ceñida al cuello con un cable eléctrico, y en la boca una naranja pelada.

A qué orgías no concurrir

·4 mins

En el primer día de sus vacaciones en el Caribe, Martín salió a matar. De abajo para arriba llevaba ojotas, bermudas rojas, camisa floreada, amplia como para disimular la zapán y abierta para que se viera la cadena de oro, anteojos negros con marco de metal dorado y la gorra del Club Atlético Talleres, que no por seductor iba a renegar de sus sentimientos más profundos. Entró a la playa con el pecho henchido, consciente de que las minas lo miraban. Con su andar recio, tirando arena para arriba con el talón de las ojotas a cada paso, se dirigió a un sillón de playa sobre el que se recostó con un profundo suspiro de placer.